Es importante recordar que el ser humano es una persona invitada a vivir el amor y el encuentro, siendo un hijo de Dios que ha sido creado a imagen y semejanza de su creador y que está llamado  a participar de la naturaleza divina. Esto es un breve resumen de la identidad de la persona, es una manera de responder a la pregunta por el ¿Quién soy?, que es la pregunta por la identidad de sí mismo. La persona que anhela ser feliz tiene por norte y brújula de su existencia diaria la respuesta que dé a dicha pregunta. En esta misma línea, Schnake (citado por Del Castillo, 2016), menciona durante la conferencia sobre Identidad Personal, Personalidad y Sexualidad en el I Seminario Psicología y Persona Humana, algo muy interesante: “La identidad personal es aquello que nos identifica con nuestro ser más íntimo, que nos permite reconocernos como persona humana única en el tiempo y que nos orienta en la dirección del desarrollo de la plenitud de nuestro ser” (p. 30).

Es importante anotar que es Dios quien crea al hombre y, por tanto, es él quien le otorga su identidad, la misma que está invitado a madurar, desarrollar y desplegar. Asimismo, esta palabra identidad proviene del término latino “identitas” que a su vez proviene de “idiem” que significa “lo mismo”. Es importante considerar la permanencia, continuidad y posibilidad de ser lo mismo que tiene el ser humano con el paso del tiempo. Del Castillo (2017), describe además que:

La identidad personal está conformada por distintos elementos y aspectos que la persona va descubriendo, madurando y desplegando. Está conformada por tres aspectos: ser persona, ser cristiano y la vocación particular de cada quien. Así que la identidad es aquello que otorga continuidad a la persona en el tiempo, es lo que hace que siga siendo ella misma, a pesar de los cambios que pueden ir afectándola con el pasar del tiempo (p. 21).

La persona está en constante cambio, desarrollo y despliegue según su identidad y mismidad, la persona es, pero no está hecha, tiene una naturaleza desde la cual se hace, crece y se desarrolla. La identidad personal no cambia, resiste los cambios biográficos. En este orden de ideas, hay que decir que la mismidad es el elemento central de la identidad; es el núcleo, el sello más íntimo, más profundo de la identidad; es la que lo define como persona única e irrepetible. (Del Castillo, 2017).

Frente a todo esto, es importante tener en cuenta que en nuestra sociedad actual un grave problema es el reduccionismo del ser humano cuando se trata de entenderlo solo desde una de sus dimensiones y aspectos que se toma como explicación global de su realidad personal. Del Castillo (2016), lo describió así:

Se pueden distinguir cuatro ilusiones con las que la persona tiende a reducirse; estas son: identificar el ser y la realización con el cuerpo, pensamientos, sentimientos o con mis realizaciones y personajes. Estas serán estudiadas a continuación. Primero, cuando el ser humano sólo constituye el cuerpo como la parte central de su vida se cumple la ilusión de “me creo mi cuerpo”, lo idolatra y le rinde culto como si fuese lo más importante de su vida. Tres claras manifestaciones de culto a la dimensión física de la persona son los vicios hermanos de la gula, la pereza y la lujuria. Segundo, cuando el hombre cae en el “me creo mi pensamiento”, está aferrado a sus ideas, pensamientos y razonamientos. Se deja envanecer y ensoberbecer con sus planes y proyectos personales, sin importar los de los otros; no escucha a nadie, se cree la medida de todas las cosas. Tercero, cuando está presente el “me creo mis sentimientos o emociones”, la persona “endiosa” su mundo emocional y sólo sabe reaccionar desde sus gustos y caprichos. Cuarto, cuando el ser humano opta por el “me creo mis realizaciones y personajes”, vive esclavizado a sus roles, personajes y máscaras. Reduce su vida al “rol” o “personaje” y se olvida de quién es (p. 30-31).

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